© LA VANGUARDIA - 04.06 horas - 16/02/2002

 

El error de Montaigne

XAVIER BRU DE SALA

Montaigne empezó y los demás siguieron. Hasta nuestros días, el debate sobre la educación ha estado viciado por una asociación indisoluble entre el deseo -acertado- de suprimir la crueldad de los maestros y la suposición -errónea- de que la letra entra por curiosidad y con placer. Basta con que los niños y los adolescentes sigan sus inclinaciones naturales bajo una atenta e inteligente guía, para que se hagan con un esplendoroso y provechoso ramillete de conocimientos y saberes. Pues bien, no es así, o sólo es así en algunas materias y en un muy escaso número de estudiantes. Materias como el dibujo, las manualidades, tal vez la música y el relato oral. Estudiantes dotados de una retentiva, abstracción y capacidad de relación superiores a lo común. Para el resto, e invariablemente para la escritura, la lectura y las matemáticas (las tres erres sonoras del inglés, "writing, reading, 'rithmetic"), es imprescindible forzar la mente. Parece mentira que el padre del gran error de la educación moderna no se diera cuenta de que sus facultades de aprendizaje y asimilación eran extraordinarias.

De todos los grandes pensadores de nuestra cultura, Montaigne es uno de los que incurren en un menor número de errores. Él razonaba como superdotado, pero de haber vivido en la época de la escolarización generalizada, hubiera sido el primero en admitir que los superdotados no pasan del dos por ciento. Incluso ellos tienen que hincar los codos -y las mayores figuras lo han hecho mucho más que el resto- si quieren aprovechar sus grandes facultades. Así que a los demás no les queda otro remedio que imitarles, so pena de engrosar la vigente mayoría de analfabetos funcionales (definidos como incapaces de resumir una información de prensa).

Por si no bastara con la evidencia cotidiana, los psicólogos de la cognición han dejado suficientemente claro que la naturaleza ha dotado a los cerebros humanos para hablar y contar, pero no para leer, escribir y calcular. De modo parecido, ejercitar la memoria y relacionar conceptos abstractos son trabajos arduos y nada divertidos, pero sin ellos los conocimientos se deshilachan y se esfuman sin dejar rastro al poco de ser adquiridos. No hay ni habrá modo divertido de fijarlos, no se aprende a leer, escribir, abstraer o efectuar cálculos complejos mediante el perfeccionamiento de ningún juego didáctico. El estudio compensa pero es árido, sobre todo en sus primeras etapas, hasta que se adquiere el hábito. Según mi modesto entender, cualquier debate sobre la educación que no empiece por aquí, o tenga muy en cuenta estos hechos, fundamentales e inamovibles, constitutivos de la naturaleza humana, está destinado a fracasar, a aportar ruido en vez de soluciones para mejorar el aprendizaje.

Ello no significa que los demás criterios modernos sobre educación, ni los asociados a ellos, estén equivocados o sean indefendibles. Al contrario, quienes pretendan salvarlos deberían empezar por reconocer y corregir el error "naturalista" de Montaigne, que es el de Rousseau y sus seguidores. La adquisición de cultura en edades tempranas es mucho más que un aprendizaje natural para sobrevivir en las siguientes. Las crías humanas no aprenden como las del resto de los mamíferos, jugueteando y mordisqueándose. Al contrario, el espacio del juego debe distinguirse del estudio. La agresividad se debe reprimir y reconducir. Ni la pedagogía es un juego ni el niño es el rey a quien debe trasladarse la autoridad que antes fue del maestro.

Un padre comentó muy satisfecho a Rousseau que había criado a su hijo según los principios del "Emilio", a lo que éste respondió: "Lo siento por usted y por él; no he pretendido establecer un método, sino evitar los males de la educación vigente". Los padres y los maestros de las generaciones posteriores, de modo especial las actuales, no han tenido para nada en cuenta esa lúcida respuesta. Hoy los males de aquella educación -autoritarismo, rigidez, memorización sin comprensión, la tortura mental y la ya mencionada crueldad, con su retahíla de castigos corporales- han sido felizmente eliminados. Aunque el niño no deba ser "una planta que crece en libertad", la batalla que los ha vencido es la de la libertad, la enseñanza universal, el laicismo, el progreso, la democracia y el bienestar generalizado. Por lo tanto, debemos considerar que, a pesar del error naturalista, el empeño valía la pena.

Corregir el error inicial, que ahora ha quedado en primer plano de modo lastimoso, sólo significaría una regresión hacia la vieja y execrable usanza si los partidarios del progreso no toman la iniciativa para corregirlo. Para muchos resulta doloroso, y a la vez sospechoso, que el PP empuñe las riendas por su cuenta. Más doloroso debería resultar que los socialistas y los catalanistas, tradicionales partidarios de una enseñanza avanzada, se muestren incapaces de reformarla a la luz de la experiencia y los conocimientos actuales. Hay riesgo de una vuelta a categorías escolares distintas según la clase social, sin que por otra parte disminuya el fracaso escolar. Pero, con ser importante, ésta no es ahora la batalla principal. En cualquier caso, ambas se perderán si los esfuerzos de socialistas y catalanistas no van encaminados a la búsqueda de fórmulas para reimplantar el estudio, el esfuerzo del alumno y la autoridad del profesor.

© XAVIER BRU DE SALA

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